Katy y sus quemaduras de sol

Yo me acuerdo que desde chiquita mi mamá y mi abuela se cansaban de decirme que me cuidara del sol, que me pusiera protector solar porque era sumamente dañino para la piel, pero siempre creí que exageraban y nunca les hice caso, hasta que hace poco aprendí la lección. 

Me fui unos días a la playa (ya les había contado de lo trágico que fue ese viaje) y como de costumbre me tiré al sol como una lagartija. Se me había olvidado comprar bloqueador solar y bronceador pero me importó poco porque nunca había tenido alguna consecuencia grave por quemaduras de sol. La diferencia fue que ese día me quede dormida como tres horas en pleno rayo del sol.

Cuando me desperté me sentía bastante caliente de la piel, pero nada que me preocupara. 

La preocupación real empezó ese mismo día en la noche. Cuando me metí a bañar, no toleraba la caída de agua sobre mi espalda y mis hombros, ni siquiera agua fría, sentía como si me estuvieran encajando agujas del ardor que me provocaba cualquier cosa que tuviera contacto con mi piel. Mi cuello estaba tan rojo que parecía que tenia la carne viva, por supuesto que no podía ni siquiera vestirme. Estaba desesperada porque nunca me había pasado algo similar, aparte del ardor y el dolor, me dolía muchísimo la cabeza y tenia fiebre. ¡No iba a poder salir a bailar como lo había planeado!

Como no podía vestirme, llamé a la farmacia para ver si me podían mandar algo. Y así fue, me llevaron una pomada que se llama Fast Aid para las quemaduras de piel y Febrax para el dolor de cabeza y la fiebre.

Gracias a estas medicinas me calmó un poco el ardor y el dolor de cabeza esa noche y así pude dormir aunque no me pude poner ninguna playera, pero al cabo de dos días, esa pomada me ayudo a quitar el ardor definitivamente y humectar mi piel.

Por supuesto que en los días que me quedaban de playa no me volví a asolear, y a partir de esa experiencia, siempre uso protector solar.